Micaela Chirif y el regalo de hacer libros para niños

Micaela Chirif es una de las creadoras más sobresalientes de la literatura infantil de Perú. Es licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú y tiene una maestría en Libros y literatura infantil de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su libro ¿Dónde está Tomás? (Ediciones Ekaré, 2016), con ilustraciones de Leire Salaberría, fue escogido como uno de los ganadores del Premio Fundación Cuatrogatos 2017. Esta obra recibió, además, una mención de la Medalla Colibrí que entrega IBBY Chile.

Dos títulos escritos por Chirif han sido destacados en la selección internacional White Ravens de la Internationale Jugendbibliothek de Münich: Buenas noches, Martina (Peisa, 2010) y Desayuno (Polifonía, 2014), ambos con ilustraciones de Gabriel Alayza. En 2013 ganó el prestigioso concurso de álbum ilustrado “A la orilla del viento” del Fondo de Cultura Económica con Más te vale, mastodonte, en coautoría con Isa Watanabe. En colaboración con el escritor Carlos Yushimito creó Un circo sin carpa (Random, 2016).

Para los lectores adultos ha publicado los poemarios De vuelta (Colmillo Blanco, 2001), Cualquier cielo (Lima, Mundo Ajeno, 2008) y Sobre mi almohada una cabeza (Pre-Textos, 2012). El año 2015, la Galería Estampa editó en Madrid una antología de sus poemas ilustrada por Karina Beltrán bajo el título Una flor amarilla.

Conversamos con Micaela Chirif para conocer más detalles de su trayectoria y, en especial, de ¿Dónde está Tomás?, libro álbum que, a juicio del jurado del Premio Fundación Cuatrogatos, “invita a que niños y adultos construyan y habiten ámbitos poéticos para crear y soñar”.

Comenzaste escribiendo poesía para adultos, ¿cómo llegas a la creación de libros para niños?

Como pasa con muchas cosas importantes y buenas de la vida, llegué a los libros para niños por azar. Mi pareja de aquel entonces, el poeta José Watanabe, había pasado más o menos un año escribiendo para niños y tenía en mente escribir la historia de un albatros que se niega a migrar y un personaje que intenta enseñarle a volar. Lamentablemente, José enfermó y falleció muy poco después, de manera que no llegó a escribir la historia del albatros.

La idea me gustaba mucho y decidí escribir el libro. Fue una especie de homenaje, pero también la posibilidad de hacer una última cosa juntos. El libro, que se llama Don Antonio y el albatros, se publicó con el nombre de ambos y gracias a él descubrí una nueva posibilidad de escritura: los libros para niños. Fue un gran regalo.

¿Por qué tu interés por el libro álbum?

Me resulta fascinante explorar la vinculación (o la no vinculación) del texto y la imagen. Disfruto de escribir como si estuviera haciendo un guion: escribo el texto y describo las imágenes. De esa forma puedo hacer un ejercicio de síntesis textual, a la vez que pienso de qué manera calzarán las ilustraciones con el texto o con la ausencia de texto en algunos casos.

Muchas veces se considera al libro álbum como un libro “para niños” y, claro, muchos libros álbum los pueden leer los niños o están destinados principalmente a ellos. Pero creo que, sobre todo, el libro álbum es un formato que abre grandes posibilidades creativas y no se debería definir únicamente en términos de su posible destinatario. El desfase inevitable entre el texto y la imagen posibilita muchas capas de lectura en un libro álbum, y eso lo hace atractivo para públicos muy diversos.

Cuál fue el detonante para escribir ¿Dónde está Tomás

El detonante fue bastante banal: un correo electrónico que estaba destinado a la carpeta de spam: en el correo venía un power point con una serie de fotos de niños escondidos. La gracia estaba en que los niños estaban muy mal escondidos: piernitas asomando debajo de la cortina, una cabecita asomando desde dentro de una caja o bajo una lámpara, etc. Era gracioso. Iba directo a la idea común en los niños pequeños de que si ellos no te ven, tú tampoco los ves: por eso el juego de esconder la cara detrás de las manos y “desaparecer”.

Me di cuenta de que había algo importante ahí: a todos los niños les gusta esconderse. Quizás tenga que ver con el placer de estar solo, de adquirir una cierta independencia estando, al mismo tiempo, en control de la situación y en un espacio seguro. Creo que el esconderse es un aprendizaje del estar solo, de saber acompañarse uno mismo.
A la idea del escondite se sumó la de viajar, escapar con la imaginación de las situaciones reales. Ese estar solo permite imaginar, crear situaciones, contarse historias uno mismo.

Me gusta observar qué hacen los niños cuando nadie les presta mucha atención: los veo tomar un utensilio, ponerse tras una silla, mirar por la ventana y me doy cuenta de que están muy lejos de ahí, no solo porque pueden imaginar cosas, sino porque el mundo cotidiano no ha perdido para ellos ni su extrañeza ni su encanto.

De esas dos ideas nació Tomás.

¿Qué te propusiste con esta obra?

Lo que quería era construir un libro álbum, que es un objeto relativamente complejo, que, sin dejar de ser libro álbum y sin dejar de tener elementos que había que leer en la imagen (el pastel que la mamá quiere darle, por ejemplo) fuera lo suficientemente sencillo como para que funcionara con un público muy muy joven. Luego agregué el doble final: la madre encuentra a Tomás y decide viajar con él, sumarse al juego. Fue una manera de hacer que no triunfara del todo la realidad, pero también de conciliar ese mundo privado de los niños con el de los adultos.

¿Cómo fue el trabajo con la ilustradora Leire Salaberría? ¿Qué opinas de las imágenes que creó?

Estuve feliz de trabajar con ella y también con Verónica Uribe, de Ekaré Sur, que fue una editora estupenda. Fue curioso, porque nunca nos habíamos visto a la cara: Verónica estaba en Chile, Leire estaba en España y yo estaba en Lima. Trabajamos el libro por correo electrónico. Fue un proceso largo y, al principio, me sentía un poco temerosa porque no sabía cómo podían tomar las demás mis comentarios y de qué manera sonaban por escrito. Pero fue, sin duda, un proceso enriquecedor que hizo que el libro se integrara muy bien.

Fue un gran gusto trabajar con Leire. Sus ilustraciones son maravillosas: llenas de vida y de color, y trabajadas, además, muy al detalle y con muchísimo cuidado. Además, le agradezco enormemente a Leire la generosidad de haberse sumado al proyecto cuando era solamente una idea y yo no tenía ni dinero ni editor.

¿Cuál es el mayor reto que trae consigo crear un libro para niños de la primera infancia?

El mayor reto supongo que es crear un objeto que combine una cierta sutileza y complejidad con la sencillez que se requiere. Quizás también tratar de hacer un libro que atraiga a los más chiquitos, pero integre a los padres/abuelos/cuidadores en la lectura.

Cuando me di cuenta de que el libro lograba “enganchar” con los niños fui feliz. Algunos padres me han contado que sus niñitos han empezado a esconderse a raíz del libro y que vuelven a la lectura muchas veces. “Les tengo que leer desde la dedicatoria”, me dijo una mamá hace poco. No hay mayor recompensa que haber logrado llegar a un público que nunca miente por complacerte.

Comenzaste a publicar libros para niños en el año 2008. ¿Qué tienen en común tus obras, qué premisas las vinculan más allá de diferencias temáticas y formales?

Creo que si algo une a mis libros es la solución de ciertos conflictos u oposiciones a través del afecto. Más que solucionarlos, en realidad, creo que la vía del afecto logra conciliar lo irreconciliable: un mastodonte desobediente y un niño mandón, una abuela solitaria y un buzo regordete, un niño que oscila entre las palabras y el silencio y otro, Tomás, que fantasea mientras su madre, sin abandonar su papel adulto, se permite jugar con él.

También me gustan los finales felices. Hay muchas cosas terribles sucediendo a nuestro alrededor todo el tiempo y creo que los finales felices (no ñoños ni concesivos, pero sí cálidos, amables) a veces son necesarios para crecer con una dosis de seguridad, bondad y esperanza.

No recuerdo las palabras exactas, pero Sendak dijo en una entrevista que le gustaba especialmente la escena de Cascanueces en la que la niña arroja una zapatilla contra el ejército de ratas. Escribir libros para niños equivalía para él a arrojar una zapatilla contra el horror en el mundo. En el fondo, decía, se trata de combatir al mal con las escasas e ingenuas armas que tenemos. Y a veces ocurre lo inesperado y la zapatilla logra dar en el blanco.

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