Verónica Murguía y su novela “Loba”, premio Gran Angular 2013

Veronica Murguia2Cuatrogatos envió un cuestionario a la escritora mexicana Verónica Murguía, para conocer detalles sobre el proceso de creación de su excelente novela Loba, ganadora del premio internacional Gran Angular 2013, que otorga en España la Fundación SM . He aquí sus respuestas:

¿Cómo definirías Loba?

A riesgo de sonar contradictoria, quise que fuera una novela épica y pacifista. Es decir, el hilo conductor que la recorre es la guerra, retratada antes del merecido desprestigio que la ha comenzado a acompañar desde 1914. Pero como esta historia está ambientada en una Edad Media hipotética, los personajes no repudian ni los hechos de guerra, ni a los guerreros. Las espadas están presentes, con la carga estética de la poesía épica, igual que el caballo, el juramento de lealtad, el valor en la batalla, etcétera. Lo que no hay, espero, son estereotipos: el valiente duda, la princesa no es bella ni perfecta; la visión del bárbaro —serían los ávaros, ya que la novela se atiene a las posibilidades del siglo VIII, pero esos ávaros tienen facha de mongoles (siglo XIII) porque me atrajeron más— es a veces sutil. Es, pues, una novela de aventuras. Pero quise emular a mis maestros, a los escritores que amo. Por eso la novela está cargada de preguntas sobre la naturaleza del mundo y la gente: el mal, el arduo deseo de hacer el bien.

La fantasía suele tener hilos que la vinculan con la realidad que percibe el autor. ¿Cuales son esos hilos, en el caso de Loba?

Es una verdadera maraña de hilos, tejida con el amor por el mundo natural, animales, plantas, paisajes; por la música de un época lejana, por libros y ecos de poemas. Pero en Loba hay algo más que definió el proyecto: la invasión de Irak. Me obsesionaba y me dolía. Por eso los magos ven lo que pasa en la guerra en ollas llenas de agua, un antiquísimo ritual adivinatorio que fue oficiado por muchos pueblos y que aparece, modificado, en El espejo de tinta, de Borges. La guerra como espectáculo televisivo me encoleriza y me llena de impotencia. Esa impotencia, ese horror de ver la muerte cruel de lejos sin poder hacer nada (aunque sé que si estuviera cerca tampoco podría y quizás no estaría escribiendo estas líneas), llena la novela, espero que sutilmente.

Luego, la violencia que se ha apoderado de México a causa de la guerra fallida y sangrienta iniciada por Felipe Calderón contra el narco. Otra guerra sin ton ni son, como no sea el son del dinero, que hace bailar a tantos.

¿Como fue el proceso de escritura de tu libro? ¿Tenías un esquema detallado de la trama y los personajes?

Sí tuve muchos esquemas. Pliegos de papel con esquemas de las acciones pegados con tachuelas por todas partes, por todas las paredes; listas de palabras amadas; dibujos de espadas, de yelmos, de puntas de flecha europeas y puntas de flechas mongolas. Fotocopias de poemas, discos. Fotos de arcos mongoles, de caballos, de armaduras laminares, cosas así. Libros abiertos por las mesas y las sillas. Pero muchos de esos pliegos fueron desechados y dieron paso a otros. Lo único que se quedó conmigo desde el principio fue el puñado de personajes principales: Tagaste, Soledad, Beógar, Cuervo, Ámbar, Húbilai, el caballo, el halcón y claro, el unicornio y el dragón, que encarnan impulsos primarios y antagonismos que se dan en la vida: la pureza frente a la codicia, el amor odio, etcétera. Algunos se dan, a veces, dentro del mismo personaje.

Cuando se dedican diez años a un libro, la relación de creador con su obra en proceso suele atravesar por etapas disímiles. En tu caso, ¿cómo fue ese largo viaje?

Confieso que las primeras versiones fueron muy cuesta arriba, con pocos momentos de alegría y muchas dudas. La alegría me la daban los libros ajenos, como siempre. Y el final llegó hasta el final, es decir, que hasta la versión penúltima supe cómo se iba a redactar aquello —la llegada, el duelo— por lo que siempre tenía un poco de miedo de no terminar. Ese es un miedo horrible, a que cientos y cientos de páginas lleven a la nada. Y hay que resistir el aburrimiento, porque uno ya leyó mil veces el capítulo; hay que resistir las ganas de botarlo todo e ir con los amigos a tomar café… y la pregunta que me hacía todo el tiempo: ¿para qué? Pero como yo escribo porque no sé hacer otra cosa, la respuesta siempre me daba en la nariz: “para hacer lo único que sabes hacer”.

Al final fue ya otra cosa. El último año, con la narración ya estructurada, me la pasé oyendo rock mongol, bailando sola y escribiendo hasta que me dolían las manos. Feliz, aunque ya con un hábito de soledad un poco extremoso.

En esta novela, el lenguaje rivaliza en protagonismo con la heroína de la historia. ¿Fue una premisa? ¿De que obras y autores es deudor el universo de Loba y su tratamiento literario?

Una de las cosas que me permitió trabajar el lenguaje fue el tema. Así suele ser el lenguaje de la épica, un poco sombrío, grave. Me gusta mucho. La primera vez que leí la Ilíada me sorprendió la aparición de Apolo, porque cae como la noche. Cuando se mecen las flechas de su carcaj, el ruido que hacen es el trueno. Bueno, me quedé alelada. Y, uno intenta, aunque esté destinado al fracaso, pues como dice el poeta: For us, there is only the trying. The rest is not our business. Y tenía en un cartón, pegado frente a mí, lo de Beckett: Try again. Fail again. Fail better. Así que me daba atracones de poesía, hacía las listas de palabras, leía libros de historia, memorizaba pasajes de Tolkien, de Le Guin, de T.H. White, de Saint John Perse y de Victor Segalen. Para ver mejor a los halcones leí a Góngora. Eso, leer así y tanto, fue lo mejor de esos años.

LobaUna novela de 500 paginas podría parecer extemporánea, para algunos, en un mundo que parecer tender cada vez más a la brevedad de los tuits. ¿Qué opinas al respecto?

Pues esta pregunta sí que no sé cómo responderla. Creo que siempre serán necesarias las novelas largas; hay muchas así que nos parecen indispensables. Pienso en La guerra y la paz, por ejemplo. Si uno va a meter al lector en un mundo que no existe, o en el caso de Tolstoi, que ya no existía entonces y en el que chocarían dos culturas, tendrá que explicar un poco cómo era todo. Así son tanto El amor en los tiempos del cólera como algunos Harry Potter. Quiero decir, una taberna medieval no es un bar, ni un castillo es un Holiday Inn. Hay que extenderse un poco, pero bien, buscando detalles circunstanciales interesantes y esenciales.

En cambio, el tuit es, creo, cuando bien escrito, como un epigrama, ¿no? Hay tamaños para todos los gustos. Yo, al menos, como soy una lectora muy voraz, a veces cierro el libro con ganas de seguir. Cuando leí Opus Nigrum, de Yourcenar, ya me había encariñado tanto con Zenón, que dejé las últimas cincuenta páginas marcadas con un clip. Estaban vedadas. No soportaba la idea de terminar con el libro. Estuvieron así varios años, hasta que un día lo leí.

¿Tenías algún lector ideal en mente cuando trabajabas en Loba?

Confieso que, más que pensar en el lector, pensé en los escritores a los que deseaba emular.

¿Cómo se relaciona Loba con tus novelas precedentes?

Loba es, creo, una continuación natural de las otras novelas medievales, de Auliya y El fuego verde, pero escrita con más experiencia.

¿Que puede ofrecer esa novela a sus lectores y que demanda de ellos?  

Al lector le ofrece ir, como dice el epígrafe, a un tierra donde había dragones. Bueno, uno, pero picoso. Esa tierra, lo prometo, está llena de gente interesante. Ofrece eso y no demanda nada. Ahí está, expuesta a la lectura.

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