Falleció el ilustrador español Ulises Wensell

Hoy martes 29 de noviembre falleció uno de los más destacados ilustradores españoles de todos los tiempos: Ulises Wensell (Madrid, 1945), ganador del Premio Nacional de Ilustración en 1978 y del Premio Lazarillo en 1979, entre otros reconocimientos. Sus libros fueron publicados en España, Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Suecia, y otros países.

Hace muchos años, en los estantes del Departamento Juvenil de la Biblioteca Nacional José Martí, de La Habana, los editores de Cuatrogatos descubrieron el trabajo de Wensell y desde entonces han estado fascinados con su maravilloso universo plástico. Que descanse en paz, y que sus libros continúen editándose, para que nuevas generaciones de niños puedan enriquecerse al tenerlos en sus manos.

Lero, lero, candelero, un nuevo libro de Sergio Andricaín publicado por Everest

La editorial española Everest acaba de publicar Lero, lero, candelero, el más reciente libro del escritor cubano Sergio Andricaín. Se trata de una recopilación de rimas, retahílas, coplas, trabalenguas y adivinanzas de la tradición oral hispanoamericana, con ilustraciones de la artista catalana Núria Feijoó.

Lero, lero, candelero reúne rimas y versos que han acompañado los juegos de los niños de habla hispana desde hace muchos años; en verdad siglos. No fueron creados por un autor, sino por muchas personas, que han ido enriqueciéndolos, en el transcurrir del tiempo, con nuevas palabras y estrofas. Tampoco fueron escritos sobre un papel. Alguna vez alguien los inventó, y se fueron trasmitiendo de boca en boca, generación tras generación, hasta llegar a una persona que, como yo, los recogió en un libro con el deseo de evitar que se perdieran o se olvidaran, y para que tú pudieras leerlos ahora”, dice el autor en la nota introductoria.

El libro ya está a la venta en España y en breve se distribuirá también en Estados Unidos.

¿En dónde está la Caperucita?, un comentario de Angélica María Salas G., desde Venezuela

Desde Mérida, en Venezuela, Angélica María Salas G. nos envió este trabajo realizado para la Maestría en Literatura Iberoamericana que cursa en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. Angélica es becaria docente de la Escuela de Letras de dicha institución, donde se desempeña como Profesora del Taller de Literatura Infantil y Juvenil, adscrito al Departamento de Literatura Hispanoamericana y Venezolana.

Cuatrogatos agradece a Angélica su colaboración e invita a aquellas personas que realizan estudios superiores a imitarla, enviándonos trabajos breves sobre literatura infantil que puedan ser difundidos a través de nuestro blog. Quienes deseen enviarle sus comentarios a la autora, pueden escribirle a angelicamsalas@gmail.com

¿En dónde está la Caperucita?

Por Angélica María Salas G.

Dentro de la constante fluidez de las palabras y las ficciones forzadas surgen por momentos preguntas –arrogantes–, una de ellas tiene que ver con la vida secreta de la Caperucita Roja, sabemos que como personaje su vida dependerá de la función cumplida dentro del relato, así en unas será actancial, fática o dramática, pero ocurre que la complicada existencia de la niña la ha llevado a realizar todas las funciones y casi todos los roles luego de concluido el contrato con los Hermanos Grimm, de allí en adelante se le ha visto en ropa ajustada, ligeros trajes, en caperuza verde –o sin nada-, de femme fatale y hasta de heroína. Sigue leyendo

Peter Pan y The Little White Bird

Cien años sin querer crecer

Por Juan Sasturain, tomado de Página 12, Argentina.

En estos días tuve oportunidad de leer la primera (y reciente) versión castellana que conozco del extraño The Little White Bird (1902), el primer relato en el que James Matthew Barrie menciona y desarrolla el personaje de Peter Pan, uno de los mitos más hermosos y perturbadores de la literatura contemporánea. En medio de la trama se inserta el origen y destino del personaje, un audaz niñito que al intuir lo que se espera de él en el futuro decide huir –cuando tiene sólo días y aún no se ha olvidado de volar (los niños son pájaros antes de estar dentro de la mamá)– a los jardines de Kensington y quedarse a vivir para siempre con los pájaros y las hadas, con quienes comparte ese mundo mágico y secreto que se abre cuando las puertas se cierran, cada día al atardecer. Claro que Peter alguna vez querrá volver junto a su madre y será tarde: hay rejas también en ese balcón.

No me gustó la traducción (hay incluso increíble un “andó” por “anduvo” en la página 100, comienzos del capítulo 12), que no hace –además– justicia a la ironía, al estilo complejo, lleno de sombrías sutilezas y observaciones finísimas del notable escritor escocés que inventó –entre otras cosas– al chico que, mitad pájaro y mitad humano, contra todos los mandatos del buen sentido y la supuesta saludable maduración, decidió no crecer. Pero me gustó y sobrecogió el libro como tal, un relato desarticulado y a veces laberíntico, sostenido por un transparente narrador que apenas encubre, en el veterano y entrañable soldado solterón (¡a los 42 años!), al mismísimo Barrie dispuesto a desnudar, entre ironías y equívocos, un desolado corazón de adulto que sabe que lo suyo nunca podrá ser. Y que sólo vivirá para contarlo una y otra vez: ésta, la de El pajarito blanco, es sólo la primera aproximación al tema.

Recuerdo que hace unos años, investigadores de la Universidad de Exeter hallaron, entre los papeles de Daphne du Maurier –la autora de Rebecca, de Los pájaros, favorita de Hitchcock–, una rara foto de principios del siglo pasado en que aparecía Barrie disfrazado de Captain Hook (nuestro conocido Capitán Garfio). Por entonces –son los años que evocamos– tenía más de cuarenta años y no es casual que se disfrazara de uno de sus mejores personajes, ni que la foto apareciera en ese lugar. La Du Maurier era sobrina de Sylvia Llewelyn Davies, madre del puñado de niños para quienes, mientras paseaban por Kensington Gardens, el ya entonces famoso escritor y autor teatral inventó la historia del medio chico vestido con traje de hojas.

El hallazgo de la foto, además, reavivó el interés por la historia de la estrecha y finalmente trágica relación que mantuviera el escritor con los chicos y su familia, un vínculo tan particular como habitualmente mal comprendido. La película de Foster, Finding Neverland, con Johnny Depp en el papel de Barrie, o Jardines de Kensington, la novela de nuestro Rodrigo Fresán –más colateralmente–, trataron el tema sin ambages ni esquematismo en los últimos años. En general, el algo forzado paralelo con Lewis Carroll, con quien Barrie tiene no sólo el talento y la opción por los menores en común, resulta inevitable. Una vez más, el hombre convertido en personaje ha sido motivo de análisis y atención. En cambio, su obra maestra, leída y catalogada como un esquemático elogio de la inmadurez y la irresponsabilidad, no siempre lo es como se merece.

Las dos primeras historias originales del maravilloso J.M. Barrie que disfruté –tenía doce o trece años– no supe que eran suyas y fue en el cine. Dos películas inolvidables: el consabido Peter Pan de 1953, en dibujos animados, y El mayordomo y la dama, una comedia sentimental en colores en la que trabajaba Kenneth Moore, un rubio de mofletes y ojitos chicos con pelo enrulado. Del Peter Pan –lo más hermoso que me pasó en muchos años sentado en una butaca– nada puedo decir que no se sepa: de las adaptaciones Disney de clásicos literariamente ricos y complejos es la mejor –muy superior a Pinocho, para no hablar de Alicia–, y nadie me quitará la emoción de haber salido volando por la ventana detrás del pibe de orejas puntiagudas, gambeteando en fila las chimeneas de Londres. También había una isla maravillosa en El mayordomo y la dama, de 1957. La historia contaba cómo una aristocrática familia británica naufraga con servidumbre y todo, y cómo en ese nuevo contexto robinsoniano los roles sociales se resignifican. Así, mientras los amos resultan ser unos inútiles, el hasta entonces opaco mayordomo se revela como el más apto, se convierte en líder natural y conductor del grupo, termina deslumbrando a la Lady que nunca lo había registrado como hombre… Una maravilla.

Las dos películas –cada una a su manera– me resultaron inolvidables. Mucho pero mucho después supe que eran versiones de dos piezas teatrales escritas a principios de siglo (Peter Pan es de 1904 y The Admirable Crichton, dos años anterior) por un escocés de un metro y medio de altura, pero talento sin techo: un señor de vida rara y extraño destino literario al que recién entonces me dispuse a leer. Era hora.

“Todos los niños del mundo, menos uno, crecen”, arranca, inolvidable, Peter Pan and Wendy, la novela de 1911 que da la versión última y más acabada del mito. Es que tras la primera aproximación al tema del chico que eligió no crecer, en The Little White Bird, fue la obra teatral Peter Pan –ya con Wendy y sus hermanitos voladores y el viaje al País de Nunca Jamás–, estrenada el 27 de diciembre de 1904, lo que generó el fenómeno de popularidad que rápidamente cruzó el Atlántico e incentivó las continuaciones. Así, primero en 1906, un editor sagaz independizó seis capítulos –los que van del 13 al 18, sobre un total de 26– de The Little White Bird con el título de Peter Pan in the Kensington Gardens y después, en 1911, definitivamente, apareció Peter and Wendy, versión novelada de la pieza en la que Barrie introdujo a un oblicuo y activo narrador y un capítulo final –“Y Wendy creció”– de bellísima y atroz melancolía. Esa es precisamente la redonda historia que cumple cien años y celebramos.

No es mucho lo que se puede leer de Barrie en castellano, más allá de las distintas versiones de los libros del obstinado niño volador. De su notable producción teatral, sólo Sudamericana publicó, a fines de los ’40, El admirable Crichton y Dear Brutus –con el título de El bosque encantado– en un solo volumen. Como a Somerset Maugham, también a Barrie el talento accesible y la módica facilidad de su estilo le han jugado en contra a la hora del reconocimiento crítico de la posteridad. Pero siempre estará Peter Pan para defenderlo.

Es un lugar común de comentaristas bienintencionados, psicólogos planchadores de oficio y feministas con banderas de género pegarle a Peter Pan y a su consecuente inventor. Ellos se lo pierden. Sólo cabe decirles que no han entendido nada. Un hombre sensible e inteligente como Barrie nunca dejó de datar, explicar y dejar alevosas huellas de las fuentes de su inspiración: las experiencias de su madre, y él mismo, claro.

Esa Margaret Ogilvy, huérfana a los ocho años y que debió encargarse de sus hermanitos y desdoblarse en los dos roles, perdería ya de grande, a su vez, al brillante David –hermano mayor de James– a los 14 años, y nunca podría recuperarse de eso. Así, James, el hijo postergado por un hermano muerto inmortal –congelado en esa esplendorosa adolescencia– intentó ocupar ante su madre el lugar del niño perdido. Nunca pudo. No fue brillante sino opaco; no fue atlético sino debilucho, no terminó de crecer, de desarrollarse en términos físico-afectivos, prácticamente nunca, más allá de una boda que previsiblemente fracasó.

No creció, se negó a crecer; esa fue en el fondo su dolorosa coartada. Ante la imposibilidad de madurar, Barrie propuso el elogio y la defensa ideológica de la congelada inmadurez mientras, sin dejar de sonreír, dejaba constancia de la estupidez y el sinsentido que lo rodeaban: “Nada interesante pasa después de los doce años”, dijo sin que le temblara la mano. Y hay que creerle.

Entrevista con la escritora colombiana Pilar Lozano

Por Fabio Fandiño Pinilla, tomado del diario La Opinión, Cúcuta, Colombia.

Una travesía en un buque oceanográfico hace 36 años marcó su incursión en el mundo de la literatura infantil. Las palabras del capitán recordándole tajantemente que en su barco no eran bienvenidos los niños, la llevaron a escribir uno de sus primeros cuentos: Socaire y el capitán loco, la historia de una niña obsesionada con el mar que, con tal de abordar el buque, se hace tan pequeña que puede incluso contemplar el océano en cubierta desde la oreja del malhumorado navegante, ajeno por completo a su peculiar polizón.

Con esta historia, Pilar Lozano, escritora y periodista bogotana, pudo sacarse la espina que le dejó entonces la áspera respuesta del arrogante tripulante de la Armada.

Por supuesto, no todo quedó ahí. Simultáneamente con sus viajes como corresponsal para Colombia del diario El País, de España, en el que ha narrado décadas de conflicto armado, huelgas y crímenes, Pilar sacó tiempo para auscultar minuciosamente la realidad de una nación que jamás le fue contada en sus textos escolares de historia y geografía. Sigue leyendo

Joyas de la biblioteca de Cuatrogatos (entrega número 4)

Por más que nos empeñamos, no logramos recordar cómo llegó a nuestra biblioteca Poesía infantil, esta publicación realizada por el Instituto Cultural Itaú, de São Paulo, en 1996. Pero lo cierto es que nos ha sido de gran utilidad a lo largo de los años.

Se trata de una breve, pero sustanciosa, antología de la poesía infantil de Brasil, que incluye dos o tres textos de cada uno de los autores seleccionados: Zalina Rolim, Olavo Bilac, Henriqueta Lisboa, Sidónio Muralha, Cecilia Meireles, Vinicius de Moraes, Ruth Rocha, Sérgio Capparelli, José Paulo Paes, Ulisses Tavares y Arnaldo Antunes. Un recorrido que abarca desde fines del siglo XIX (Livro das crianças, de Zalina Rolim, en 1897, considerado “possivelmente nosso primeiro livro de poemas escrito para o receptor infantil”) hasta mediados de los años 1990.

La hermosa edición argollada incluye fotos y fichas biobibliográficas de cada escritor. En la cubierta aparece una ilustración de Luiz Maia. El prefacio fue escrito por Luiz Camargo. coordinador de la colección Cadernos de Poesía Brasileira. Marisa Lajolo trabajó como consultora.

De este título se imprimieron 5.000 ejemplares. ¡Qué suerte que uno de ellos forme parte de la colección de Cuatrogatos!