El pintorcillo, de Luis Caissés Sánchez

El pintorcillo

Yo le llamo Pintorcillo porque los niños no tienen nombre, sino que se llaman como quieran llamarse. Y no tiene, no, los ojos verdes, como tampoco los tiene azules o pardos o negros. Yo digo que tiene ojos de estrella, que es como deben ser todos los ojos.

Dicen que es travieso. ¿Y qué mariposa no lo es?

Dicen que es intranquilo. ¿Y quién no quisiera serlo después de haber olvidado que lo fue?

Dicen que es hermoso. ¿Y quién que tiene cinco años no lo sería?

Dicen que es bueno, muy bueno, sí señor. ¿Y cómo no iba a serlo si es un niño?

Yo le llamo Pintorcillo porque los niños no tienen nombre, sino que se llaman como quieran llamarse, como podría llamarse pedacito de corazón o mucho más aún: ojos de estrella.

Luis Caissés (Cuba)

Primer capítulo de El Pintorcillo, un libro que nos acompaña, en nuestra biblioteca, desde hace muchos años. La obra, ganadora del Premio de la Provincia 1986 en Holguín, Cuba, ha tenido varias ediciones, pero la portada que reproducimos corresponde a la primera, casi artesanal, realizada en 1987(cuyo prólogo escribió Segrio Andricaín a solicitud del propio autor).

Luis Caissés Sánchez ha publicado, además, otros libros de poesía y narrativa para niños como Cuentos nuevos que parecen antiguos, Cantos de caminos, El violinista de las siete de la tarde y Cuentos como flores y cantos para raíces.

El kitsch según Kundera

El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. La segunda lágrima dice: “¡Qué hermoso es estar emocionado junto a toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”. Es la segunda lágrima la que convierte al kitsch en kitsch.

Milan Kundera

Emma Romeu: la conexión con Brindis de Salas

Por Juana Rosa Pita, tomado de El Nuevo Herald, Miami

“A todos los niños que cumplen sus sueños” dedicó, en primer lugar, Emma Romeu, el cuento biográfico El rey de las octavas, publicado por Lectorum (Nueva York, 2007) en su Colección infantil con evocadoras ilustraciones de Enrique S. Moreiro, pues de eso trata precisamente el relato: de cómo llegó a cumplir su sueño un niño habanero llamado Claudio cuya querencia y tenacidad (hadas más poderosas que cualquier hado) estuvieron a la altura de su prodigioso talento musical. Por eso el cuento termina como los de hadas, cuando se cumple aquel sueño que las circunstancias parecían hacer imposible: el momento en que el muy jovencísimo Claudio José Domingo Brindis de Salas (1852-1911), luego de pasar las ordalías de rigor, haber convencido a los músicos parisinos y ser aclamado en la Scala de Milán como El Paganini negro, está en boca de unos músicos europeos que en La Habana responden al señor Brindis, director de la orquesta de baile, que les pide noticias de su hijo: “¿Acaso es usted el padre de El rey de las octavas?”

Emma Romeu (geógrafa y escritora ambiental y de literatura infantil) saca ficciones de la experiencia suya y de otros con quienes ha entrado en contacto durante sus nutridas andanzas de cubana peregrina que durante años hizo periodismo ecológico en México para publicaciones como National Geographic. Allí vivió muchos años tras salir de La Habana natal a principios de los años 90, publicó sus primeros libros y conoció y se casó con su compatriota Alejandro Rodríguez, técnico de sonido a quien un buen día le ofrecieron enseñar en la bostoniana Berkley University. Y fue así que la autora de Orejas de cielo y otros cuentos (SM Ediciones, México 2003) vino a dar a las Alturas de Arlington, donde poco antes se había radicado quien ahora escribe estas líneas. Leyendo los tres libros que me ha dado entendí de inmediato por qué sus pequeños lectores y lectoras la reciben con bombos y platillos tanto en Gran Canaria como en Panamá o México cada vez que les lleva lectura.

Emma Romeu escribe con garbo y fantasía, crea personajes convincentes: Zacán, el pequeño guardabosque amigo de los árboles; Sarita, la niña basurera con zopilote cómplice; un pececito ciego pero con brújula; una memoriosa cotorra muda; el último de los lobos grises. En sus relatos hay siempre aventura, suspenso y sentido del humor tierno y fantástico. Su novela más conocida y reimpresa es Gregorio y el mar (Alfaguara: Madrid 1996), donde fabula en base a las aventuras reales de tantos niños isleños que se hicieron a la mar rumbo a Cuba: Gregorio Fuentes que “me contó en La Habana las audaces y lejanas historias de su infancia en el mar”, escribe la autora. Luego escuchó en Gran Canaria las de otros viejos marineros, y “a estos antiguos grumetes, niños pescadores, pequeños navegantes y aprendices de lobos de mar”, dedicó también la novela que -sin ella saberlo- la ponía en camino de escribir el libro al que ahora volveremos.

En el segundo barco en que estaban viajando los niños marineros, volvía para dar conciertos en México y Argentina, un violinista negro que iba desconsolado porque en el primer barco le habían robado su Stradivarius. Y el robo del violín de El Paganini negro -no otro que Claudio Brindis de Salas- es la anécdota que da misterio e intriga, a un tiempo policíaca y conmovedora, a la novela. Haberlo encontrado permite desenmascarar a los ladrones hermanos Rata tras la reunión en La Habana de Gregorio con Pinito, la niña que en Las Palmas había guardado la etiqueta (se había despegado) del precioso instrumento. Ese hallazgo feliz marca el desenlace: “cuando todos se hubieron tranquilizado, el violinista invitó a los niños a una gran comida de arroz congrí, lechón asado y plátanos a puñetazos. Luego, al despedirse, se acercó a Gregorio, le miró a los ojos y le acercó su puño cerrado”: quería dejarles de recuerdo las cuatro clavijas talladas del violín (fáciles de sustituir). Por ser personas de honor, bien las merecían.

No es de extrañar que luego la editora de Lectorum le propusiera a Emma Romeu escribir sobre el violinista Claudio, a quien la vizcondesita Inés -nos cuenta- le escribió una cariñosa carta de despedida tras haber sido su alumna por un día: “Qué rarezas las de la gente mayor! Como si la música tuviera color”.