A Cuentos de mi tía Panchita en sus 90 años

Por Carlos Rubio, tomado de La Nación, Costa Rica.

La Universidad de Costa Rica, en el marco del II Congreso de Educación Primaria, realizará el próximo 16 de julio, un homenaje en conmemoración a los 90 años de la primera edición de Cuentos de mi tía Panchita, de Carmen Lyra. Son muchas las generaciones que se han dejado conducir hacia el entrañable territorio de los cuentos de hadas por medio de esta obra.

En el conjuro de la página impresa o de la palabra hablada se integra el campesinado costarricense junto al exotismo de príncipes y princesas, reyes y reinas, que habitan en palacios de una curiosa geografía que solo puede existir en la fantasía y en el gusto de la recuperación folclórica.

La figura de don Joaquín García Monge y su aporte a la literatura infantil deben ser motivo de estudio, pues él fundó, en 1919, la Cátedra de Literatura Infantil en la Escuela Normal de Costa Rica y, en 1920, se dio a la tarea de editar la primera versión de Cuentos de mi tía Panchita.

Literatura para la niñez. No es aventurado afirmar que con la creación de la cátedra y con la publicación del libro se inició, formalmente, la instauración y el estudio de una literatura nacional dirigida a la niñez. Como bien lo afirmara la estudiosa Margarita Dobles: “La literatura infantil costarricense nació en una cátedra”. A pesar de que don Joaquín ofreció las primeras lecciones en la recién fundada cátedra, fue Carmen Lyra quien se desempeñó en ella después de regresar de Europa.

Es válido preguntarse cuál fue la orientación filosófica de las lecciones de literatura infantil dictadas por García Monge y la autora de Cuentos de mi tía Panchita. En un discurso ofrecido en 1948, don Joaquín se refería al folclor como el texto que, por excelencia, le interesaba a la niñez. Al respecto, expresó: “Al niño la literatura que más le interesa es la folclórica, de su gente, de su tierra. Por eso, de los autores nacionales, que serían los que más han penetrado en el saber del pueblo y le han dado expresiones nuevas en la poesía, en el cuento, en el teatro infantil”.

Bajo el signo de la oralidad, Carmen Lyra hace una recopilación de cuentos que se narraban en Europa, África y, posiblemente, en Oriente. Se puede establecer una correspondencia entre los cuentos recopilados por Fernán Caballero, seudónimo de la escritora española Cecilia Böhl de Faber y Larrea, y muchas de las creaciones que se despliegan en el libro de la costarricense.

Así, el cuento “El lirio azul” (versión valenciana) de Caballero es concebido por Carmen Lyra como “La flor del olivar”; “El pájaro de la verdad” es recreado como “El pájaro dulce encanto”, “El zurrón que cantaba” en “Escomponte Perinola” o “Juan Soldado” en “Uvieta”. Se debe aclarar que Carmen Lyra tuvo la osadía, para su época, de verter un lenguaje popular del campesinado costarricense, sin mofarse, sin caer en estereotipos y de transformar a los personajes vernáculos en figuras que reflejan el sentir y la universalidad del ser humano.

Esta autora estaba consciente de que la niñez podía conocer, con belleza e inteligencia, las formas de actuar de los hombres y las mujeres. Es posible encontrar el amor, el desarraigo, la astucia así como la arrogancia o la falta de compasión. Como suele suceder con los buenos libros de cuentos de hadas, nada que sea ajeno a la humanidad puede alejarse de la literatura infantil.

¿Y de dónde salió el confisgado Tío Conejo? En África, se contaban las historias del conejo Somba, personaje imaginario que viajó al Sur de los Estados Unidos en el imaginario de las personas que fueron trasladadas a ese país, en condición de esclavitud. En el país norteamericano, Somba se convirtió en el Brother Rabbit o, más bien, en Brer Rabbit. El periodista norteamericano Joel Chandler Harris recopiló los cuentos sobre ese conejo, los cuales eran narrados por un hombre llamado “Tío Remus”, en diferentes volúmenes publicados a partir de 1880.

Carmen Lyra guardaba un ejemplar de Nights with Uncle Remus en la biblioteca de la Escuela Maternal Montessoriana, institución dedicada a la educación preescolar que ella fundó y dirigió. Por ese motivo, no resulta extraño que en los cuentos sobre Tío Conejo aparezcan evocaciones a un Tío Elefante, pues su origen se puede rastrear en las culturas africanas.

No envejecen. Los grandes libros de cuentos maravillosos nunca envejecen, pues, desde su concepción, son deslumbrantemente viejos. Aquella pequeña edición de la creadora Carmen Lyra y el editor García Monge gana mayores posibilidades de lectura a medida que pasa el tiempo, prueba de ello es que la revista virtual Cuatrogatos, mencionó Cuentos de mi tía Panchita entre los 70 libros más importantes de literatura infantil universal que celebran un aniversario; la revista española Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil (CLIJ), en su edición de enero-febrero 2010, lo menciona entre los libros que conforman un canon latinoamericano de obras dedicadas al público joven, y el Consejo Superior de Educación lo ha incluido, justamente, en la lista de lecturas obligatorias para primero y segundo ciclos, para 2011.

Sabemos que “Los cuentos de la tía Panchita eran humildes llaves de hierro que abrían arcas cuyo contenido era un tesoro de ensueños”, por eso, su lectura ha de ser una fuente de promesas, fantasía y bienaventuranzas para las generaciones de la actualidad y del futuro.

De libros, lecturas y lectores (I)

“Un libro no existe si lo ignoran. No le basta que alguien lo escriba. Tiene que ser, enseguida, publicado. Es decir, dado al público. A la publicidad, a la popularidad, todas palabras de la misma familia, vecinas del sentidio de población pueblo, su verdadero dueño. Y, después de publicado, tiene que ser leído. Si no lo es, no existe, salvo potencialmente, en estado latente, como un genio en una botella. Un total y absoluto despilfarro. Alguien tiene que abrirla”.

Ana María Machado

“Lo cierto es que los libros que leímos de niños cambian con nosotros. No sólo las sobrecubiertas se desagarran, las cubiertas se ajan, el papel se vuelve amarillo, la tinta empalidece: las palabras mudan de sentido, los detalles se multiplican, los personajes se hacen más complejos, la acción cambia de rumbo. Los libros de nuestra infancia son más fieles a nosotros, sus lectores, que a aquellos que los han creado”.

Alberto Manguel

“Recuerdo el extraordinario enriquecimiento que significó para mí empezar a leer, es decir, empezar a vivir a través de la lectura muchas más vidas de las que yo podía aspirar a tener, poder viajar en el tiempo, en el espacio, cambiar de identidades y de situaciones. Y cuando digo vivir otras vidas, digo realmente vivirlas, porque la lectura significó y ha significado para mí, sobre todo, esa identificación total con los personajes de aquellos libros que eran capaces de aturdirme, de embriagarme y de arrancarme totalmente de esos confines dentro de los que se mueve una persona en el mundo objetivo”.

Mario Vargas Llosa

“Las palabras sirven para liberar una materia silenciosa, mucho más vasta que las palabras, que cada lector lleva en su interior”.

Nathalie Sarraute

Centenario de Dora Alonso (1910-2010)

Este año se conmemora el centenario del natalicio de la escritora cubana Dora Alonso (1910-2010), una de las más significativas figuras de la literatura infantil y juvenil iberoamericana.

Su primera incursión en la creación para niños se produjo en 1956, cuando, a solicitud de los titiriteros Pepe y Carucha Camejo, escribió una breve obra teatral titulada Pelusín y los pájaros. A esta siguió, un año después, Pelusín frutero. En la década de 1960 publica importantes obras de narrativa como Aventuras de Guille (un paradigma de relato ecológico de aventuras) y Ponolani.

En años posteriores sorprenderá con poemarios como Palomar, La flauta de chocolate y Los payasos, y con novelas cortas como El cochero azul y El valle de la Pájara Pinta. A lo largo de su vida continuó escribiendo obras de teatro infantil como Espantajo y los pájaros, Cómo el trompo aprendió a bailar, Bombón y Cascabel y Mandamás, entre otras muchas.

En 1989 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura de Cuba por el conjunto de su obra dedicada a grandes y chicos. En este clip hemos reunido, a manera de homenaje a la larga trayectoria de Dora Alonso y a su ejemplar capacidad de renovación, fotos suyas y cubiertas de algunas ediciones de sus libros:

Leer mientras se viaja

Mientras algunas grandes cadenas de librerías permiten a los clientes leer los libros y las publicaciones periódicas, también han surgido iniciativas para fomentar la lectura en los medios de transporte público

Por Carlos Espinosa Domínguez, tomado de Cubaencuentro.com

En los últimos años, algunas bibliotecas públicas y cadenas de librerías y empresas de transporte están llevando a cabo iniciativas para atraer a otro tipo de lector.

No es muy frecuente que las personas acudan a una biblioteca pública a leer obras de ficción. En tal caso, se dirigen al departamento de préstamos y se llevan el volumen para su casa. Los lectores más habituales de esos lugares son los jóvenes estudiantes y los investigadores, quienes necesitan consultar textos que, por ser libros de referencia, sólo pueden leerse allí. No obstante, en los últimos años algunas instituciones están llevando a cabo iniciativas para atraer a otro tipo de lector.

Un ejemplo es el de la Biblioteca Nacional de Argentina, que creó, con buena acogida, la Plaza del Lector. Se trata de un espacio verde, ubicado frente al edificio, con el cual se busca estimular la lectura. Con ese fin, se ha instalado en la plaza un pequeño kiosco en el que se pueden solicitar libros para leer en los bancos que hay en ese ámbito. Una vez que los usuarios han terminado, pueden devolverlos allí mismo. Los volúmenes que se ofrecen son ejemplares duplicados de títulos que la Biblioteca posee, de modo que si alguna persona decide no devolver el que solicitó y llevárselo consigo, la pérdida que ocasiona no es de mucho valor.

Asimismo algunas grandes cadenas de librerías permiten a los clientes leer los libros y las publicaciones periódicas, aunque por razones obvias estas últimas son las que más se prestan a ello. En los VIP madrileños es algo común encontrar personas que leen de pie los periódicos y revistas. Condiciones un poco más confortables existen en los establecimientos de Barnes & Noble, donde hay una pequeña cafetería en la cual se pueden leer (bueno, más bien hojear) los libros, mientras se bebe o se come algo. Esa nueva política de permisividad se está extendiendo poco a poco. En Buenos Aires la han incorporado las librerías Jenny El Ateneo y Cúspide. Susana Fernández, responsable de prensa y marketing de la segunda, comentó a un periodista: “Si no toman notas o lo maltratan, nosotros dejamos que lean. En general, los lectores que acuden son gente relativamente adulta a quienes les interesa leer, pero su poder adquisitivo es bajo, o no justifican gastar dinero en ello”.

Y ya que muchas personas que acostumbran leer en el transporte nuestro de cada día -los escritores cubanos Duanel Díaz y José Pérez Olivares me comentaron que están entre ellas-, han surgido iniciativas para fomentar ese tipo de lectura. En el año 2004, el metro de la capital mexicana, que mueve diariamente a 4,7 millones de usuarios, puso en marcha el programa Para leer de boleto en el Metro, en coordinación con la Secretaría de Cultura del Distrito Federal. Desde horas tempranas, se colocan libros en la mayoría de las estaciones de la línea 3, Indios Verdes-Universidad, conocida como “la línea del estudiantado”. Unos 380 jóvenes, ataviados con unas camisetas color naranja, distribuyen los 150 mil ejemplares, que se hallan en unos estantes en el vestíbulo de las estaciones, cerca de las taquillas y los torniquetes. A esos títulos tienen acceso gratuito los viajeros, quienes disponen así de la posibilidad de acercarse a la literatura mientras se trasladan a su destino. La entrega de los libros se basa en la confianza, es decir, no existen sanciones para quienes no devuelvan los volúmenes.

Cuando redactaba estas líneas comenzó a circular la séptima de las antologías preparadas para el programa. En la misma figuran textos, entre otros, de Juan Villoro, David Huerta, Marco Antonio Campos y Elena Poniatowska. A esta última Para leer de boleto… le parece una idea estupenda, así como también el que se confíe en la gente. Para la autora de El tren pasa primero, “incluso si no regresan el libro es porque les gustó. Quien roba un libro tiene cien años de perdón. Si lo van a leer, claro”. Los usuarios, por su parte, han acogido muy bien el programa: los ejemplares se agotan muy pronto, y por lo general a las 9 de la mañana ya se han distribuido. Asimismo el promedio de devolución está entre en 62 y el 72%. Una funcionaria de la Secretaría de Cultura comentó al respecto que “la gente está aceptando como una gran cosa el proyecto, pues no sólo devuelven los libros, sino que regresan muchos de los ejemplares forrados”. El éxito alcanzado con Para leer de boleto… ha hecho que las autoridades de Milán solicitaran asesoría a sus organizadores, con el propósito de aplicar una iniciativa similar en esa ciudad italiana.

Los buenos lectores, una especie en vías de extinción

Existen programas similares en los metros de Madrid y Santiago de Chile. Mas en lugar de ocuparme de ellos prefiero dedicar el espacio siguiente a un texto que encontré en un blog llamado Bolsillos de Colores, y que tiene que ver con este tema. Aquí se los copio: “Me encanta ir en el metro (…) Pero lo que más me gusta, sin ninguna duda, es mirar los títulos de los libros de la gente que lee en el metro. Tenemos Códigos da Vinci, por supuesto, tenemos títulos de películas, tenemos pilares de tierra, tenemos autores nacionales y extranjeros… best sellers por lo general, y algunos de estudio en particular. Pero hay un momento que me emociona: cuando alguien está leyendo un libro que a mí me ha gustado especialmente. Es entonces cuando se me ponen los pelos de punta, la mirada nerviosa, la sonrisa inquieta, el gesto, la postura… y mi imaginación comienza… «¿quién será esa persona?» (…) mientras la observo, recorriendo su ropa, su cara, sus zapatos (…). Intento por su mirada adivinar sus pensamientos, si disfruta de ese libro que tanto me gustó o si por el contrario le disgusta. Muchas veces se me ocurren formas de interpretar al sujeto, pero nunca las llevo a cabo. Podría decirle mil cosas sobre los personajes, las situaciones, la ideología, la época o el autor pero «¡qué vergüenza!» diría una que conozco. Y nunca digo nada.// Yo, por el contrario, escondo los míos, mis títulos. Una, porque yo no quiero que piensen lo que no soy, lo que yo pensaría si viera a alguien leer cosas que yo leo. Dos, porque me descubrirían un poco más a partir de ahí, de mi intimidad, por los títulos de los libros que leo. Y que un desconocido sepa más de mí que yo de él. Eso sí que no”.

Y ya que tanto en este trabajo he dedicado buena parte del espacio al sitio donde se lee, es de rigor que mencione algunos libros que en su título llevan indicado dónde debe realizarse su lectura. En 1922, el poeta argentino Oliverio Girando publicó sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. El escritor nadaísta colombiano Gonzalo Arango es autor de una obra que, como otras suyas, buscaba provocar y escandalizar: Prosas para leer en la silla eléctrica. A los españoles Enrique Jardiel Poncela y Alfredo Marqueríe pertenecen, respectivamente, Para leer mientras se espera el ascensor y Novelas para leer en un viaje. Por su parte, el poeta y periodista cubano Félix Guerra recogió sus entrevistas a José Lezama Lima en un volumen, al cual llamó Para leer debajo de un sicomoro. Más recientes son las antologías Cuentos breves para leer en el bus, Cuentos breves para leer en el metro y Cuentos para leer después del baño. (Aunque no lo especifique en el título, estoy convencido de que Orlando González Esteva escribió sus libros de haikus, La noche y los suyos, Casa de todos y La noche, para que sean leídos mientras uno aguarda a que cambie la luz del semáforo.) Asimismo desde hace varios años existen las novelas de aeropuerto, etiqueta que se aplica a ese tipo de obras más bien comerciales que ayudan a hacer menos aburrida la larga espera a ese tipo de lector que no exige mucho a la literatura.

Ustedes dirán que me enredo como una persiana, y tienen toda la razón. Pero esto último me obliga inevitablemente a dedicar unas líneas a esos lectores poco exigentes. El mismo día cuando redactaba esta nota leí un artículo de Ignacio Echevarría, titulado “Lectores de poco fiar”. En el mismo, el lúcido crítico español cita unas declaraciones de Kart Vonnegut: “No escasean los buenos escritores. Lo que nos falta es una masa de lectores fiables”, para afirmar que los constantes lamentos por la situación actual de la literatura no residen tanto en los autores como en los lectores. Reproduce después las palabras de otro destacado narrador norteamericano, Philip Roth: “La literatura, digamos la ficción literaria, no tiene ninguna importancia, al menos en mi país, y cada vez son menos los que disfrutan de ella. Calculemos que cada año se mueren unos 72 buenos lectores y son reemplazados por dos, y no había más de 25 mil buenos lectores en total para empezar (…) En unos años, los buenos lectores van a ser tan pocos que van a ser como un culto, las 150 personas en los Estados Unidos que leen Ana Karenina“.

Echevarría, sin embargo, no cree que el problema se deba a la muerte del lector, sino al carácter informe de la masa de lectores, a su segmentación y a su articulación cada vez más difusas, lo cual hace que sea más difícil prever sus gustos, sus comportamientos, sus conductas. Luego expresa: “Todos van dando palos de ciego, y entretanto las librerías se llenan de libros destinados -dicen- a la gente que no lee, cuando no, en el mejor de los casos, a la gente que, más que leer, le gusta que le guste leer”. Todo eso lleva a Echevarría concluir: “¿Quién diferencia el grano de la paja? ¿Y en nombre de quién? ¿Cuántas veces no se oye aquello de que «el lector tiene la última palabra»? ¿La última? ¿Para decir qué? Y sobre todo, ¿quién va a creérselo?”.