Fallece el autor ruso Serguei Mijalkov


El escritor Serguéi Mijalkov, uno de los clásicos de la literatura infantil rusa, falleció ayer 27 de agosto en Moscú, a los 96 años de edad, a causa de una insuficiencia cardíaca aguda. Mijalkov, autor de la letra del himno de la Unión Soviética y del de la Rusia actual, presidió durante tres décadas la Unión de Escritores de su país y fue galardonado con los Premios Stalin y Lenin.

El Partido Comunista ruso emitió una declaración por la muerte de Mijalkov, donde expresa que “muchas generaciones de soviéticos maduraban con sus versos que de inmediato quedaban por largo tiempo en la memoria” y que “inculcaba al niño, al futuro ciudadano del País de los Soviets, el amor al trabajo y educaba las cualidades necesarias para el constructor de la nueva sociedad socialista”.

En un mensaje de condolencia hecho llegar a la esposa del escritor y a sus hijos, los conocidos cineastas Andréi Mijalkov-Konchalovski y Nikita Mijalkov, el presidente ruso Dmitri Medvédev afirmó que “en todas las épocas Serguéi Mijalkov vivió los intereses de su patria, a la que sirvió sin reservas y en la que siempre creyó”.

Serguei Mijalkov publicó poesía, narrativa y teatro. Su primer poema para niños, titulado “Tres ciudadanos”, fue publicado en 1935 en el suplemento infantil Pioneer, mientras cursaba estudios en el Instituto Gorki de Literatura. Entre sus creaciones más conocidas están El tío Stiopa y La fiesta de la desobediencia.

En su autobiografía, escribió: “Nací en la Rusia zarista. A los cuatro años viví la revolución, fui testigo de la creación de la URSS y, a los 78 años, de la desintegración del Estado al que serví con convicción durante toda mi vida. He vivido mucho, pero no como testigo, sino como participante activo en todos los acontecimientos”, manifestó. Sus detractores le echaban en cara que estuvo siempre al servicio del régimen de turno y que participó en las campañas contra sus compatriotas Borís Pasternak y Alexandr Solzhenitsin, ganadores del premio Nobel.

Cuentos para educar en la diversidad sexual


La Ong por la No Discriminación, de España, convencida de que en la educación infantil se encuentra la clave de la comprensión y la aceptación de las relaciones homosexuales, sigue trabajando para acercar los cuentos publicados por la Editorial ng al mayor número de niños y familias posibles. Por ello, desde esta asociación se está haciendo un especial esfuerzo por llegar a los niños de América Latina y Norteamérica.

Hace unos meses esta la Ong por la No Discriminación logró, a través de la distribuidora LesLibros.com, llegar a México; colaboró en el 5º Festival de la Diversidad Sexual y de Género en Perú, gracias a MHOL (Movimiento Homosexual de Lima), y recientemente ha conseguido llegar a Argentina con la Librería Otras Letras.

Los títulos publicados hasta el momento por Seelie, el hada buena, donde se trata el tema de las familias homoparentales; Y nosotros… ¿de dónde venimos?, en el que una pareja formada por dos mujeres explica a su hijo de dónde vino; El viejo coche, sobre dos buenos amigos que terminan descubriendo que se aman; Marta y la sirena, un relato fantástico en el que una sirena se enamora de una joven, y La princesa Ana, también de temática lésbica.

El lema de la Ong por la No Discriminación es “El futuro está hecho de muchas piezas, que no falte ninguna”. Para más detalles sobre su trabajo y sus publicaciones, hacer clic aquí.

Novelas juveniles violentas o sociedad inquietante


Por Luis Daniel González, tomado de Gaceta, España

Hace unos meses, dos artículos en The Wall Street Journal y The New York Times se hacían eco del éxito de varios libros violentos para y sobre adolescentes. Sus autores se limitaban a dejar constancia y a dar algunas posibles explicaciones del hecho.

Los artículos no se referían a que resulta lógico que tales libros triunfen, pues cuanta menos madurez mejor funciona el morbo (entre jóvenes y entre mayores). No entraban a la cuestión de que la literatura juvenil siempre ha tenido querencia por temas vidriosos y, en consecuencia, tampoco indicaban las diferencias entre los relatos de antes y los de ahora. Tampoco mencionaban cómo las fallas sociales, que confusamente, las novelas revelan, se aprecian mejor aún en el mismo éxito que alcanzan.

De los libros citados en esos artículos sólo dos están traducidos y editados en España: Por trece razones, de Jay Asher, y Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. Los otros son: If I Stay, sobre un grave accidente de coche, de Gayle Forman; The Dead and the Gone, una novela “postapocalíptica” de Susan Beth Pfeffer; y Wintergirls, sobre una chica anoréxica, de Laurie Halse Anderson. Como yo conozco y he leído los dos primeros —y otro premiado libro de Laurie Anderson, Cuando los árboles hablen— me referiré sólo a ellos pues, aunque lo que se cuenta en esos artículos sería suficiente para mis propósitos, la experiencia dice que mejor es no arriesgar comentarios sin haber leído personalmente los libros.

El argumento de Por trece razones es que una chica se suicida, pero antes envía unas cintas explicando el porqué a trece personas que considera más o menos responsables del sufrimiento anterior a su decisión final. En Los juegos del hambre se presenta una sociedad dictatorial futura donde, anualmente, son seleccionados por sorteo un chico y una chica de cada uno de los doce estados para luchar entre sí hasta que sólo quede uno vivo; esto tiene lugar en un estadio un tanto especial, desde donde sus combates son retransmitidos en directo a todo el país. Cuando los árboles hablen es, igual que Por trece razones, una especie de thriller psicológico sobre una chica violada en una fiesta.

Varias explicaciones del éxito

Las explicaciones más sencillas del éxito de estas novelas son las formales: en este aspecto son libros superiores a otros semejantes. Sus tramas están bien construidas y sus narradores, los mismos protagonistas, reflejan los mundos interiores frágiles e inseguros de muchos adolescentes. No voy a comentar aquí cómo los autores se las ingenian para provocar las simpatías y las antipatías del lector y dirigir sus emociones: dos novelas citadas lo hacen al modo de los melodramas y la otra, aunque tiene algo de melodrama, es sobre todo un thriller en el que todo sucede de modo que sólo se manchen los enemigos de los héroes.

En cuanto a la conexión entre los temas de las novelas y sus lectores jóvenes, el atractivo de Por trece razones, aparte de ser una historia muy hábilmente construida para despertar continuamente la curiosidad del lector, está en la descripción pormenorizada de todo el curso de los pensamientos de la protagonista, sobre sus razones para obrar como lo hace y sobre lo que piensa de quienes la rodean. Tanto esta historia como la de Cuando los árboles hablen se parecen a otras de colecciones juveniles cuyo narrador o narradora no encuentra nadie que pueda comprenderle y se ve arrastrado por el remolino de un subjetivismo enfermizo (sin tratar de discutir ahora si justificado o no, aunque según estas historias, sí).

Ambas novelas dejan ver que sus protagonistas no tienen modelos fiables de madurez humana y no saben por qué motivos de fondo han de respetar a otros y respetarse a sí mismos; no tienen la formación moral que les podría dar una educación religiosa sensata como se insinúa en Cuando los árboles hablen: “Mis padres no me dieron una educación religiosa. Nuestra fe se reduce a adorar la Trinidad de Visa, Mastercard y American Express”.

De Los juegos del hambre se afirma, en el artículo del WSJ, que mezcla la serie Perdidos y El Señor de las moscas. No está mal el paralelismo con Perdidos, pero más bien cabe hablar, primero, de que conecta con quienes disfrutan con los reality shows y con quienes tienen o les parece normal un sentido competitivo exacerbado; y, segundo, de que su impacto se debe a que presta gran atención a cuestiones de arreglo personal y lucimiento de las chicas por un lado, y a que acentúa la capacidad de lucha física de las chicas frente a los chicos (incluida la disposición de ser brutas y salvajes si llega el caso), un lugar común en la literatura juvenil norteamericana de las últimas décadas.

En cambio, no es acertada la comparación con la obra de William Golding: ésta tiene altura y una intención literaria, mientras que la narración de Collins es eso, una narración, al mismo tiempo absorbente y brutal, con escenas crueles de muerte y de violencia entre chicos y chicas de doce años en adelante. En mi opinión, no es increíble que los héroes acepten, por más que lo hagan a regañadientes, el planteamiento profundamente inmoral de todo el montaje y acaben participando en él, pues a fin de cuentas estamos ante una especie de novela de gladiadores; y, dada la sociedad en que vivimos, tampoco me parece asombroso que una historia tan cruel o, mejor, donde la crueldad es claramente un elemento para vender más, reciba tantos elogios de la crítica y sea leída con entusiasmo (y puede ocurrir que quienes se sientan a disgusto con el final de la obra de Golding, estén sin embargo cómodos con el de la novela de Collins).

Así lo explica Chesterton: “La buena literatura puede hablarnos de la mente de un hombre, pero la mala literatura puede hablarnos de la mente de muchos hombres. Una buena novela nos dice la verdad acerca de su héroe, pero una mala novela nos dice la verdad acerca de su autor. Hace mucho más aún: nos dice la verdad acerca de sus lectores; y, cosa muy curiosa, nos dice todo esto mejor y más claramente cuanto más cínico e inmoral es el motivo de su fabricación. (…) La novela sincera presenta la simplicidad de una persona particular; la novela insincera presenta la simplicidad de la humanidad”.

Cavall Fort, la revista infantil de Cataluña


En diciembre de 1961 nació en Barcelona la revista para niños Cavall Fort, que ha sido leída por varias generaciones de catalanes. Tres décadas después de su creación, se constituyó la Fundación Cavall Fort, con el propósito de garantizar su supervivencia. Desde 1999, la revista tiene su web en internet (www.cavallfort.cat).

Las páginas de Cavall Fort son muy variadas e incluyen temas sobre historia, ciencias, deporte y arte, recetas de cocina, cómics, pasatiempos, humor y, por supuesto, literatura y reseñas de libros. En la actualidad, su directora es la conocida escritora Mercè Canela.

Increíble, pero cierto: ¡una revista infantil quincenal, con 48 años de existencia! Aquí reproducimos la portada de su edición número 1129-130.

Entrevista con Jutta Bauer, ilustradora alemana


La filosofía de una oveja

Por Enrique Planas, tomado de El Comercio, Perú

Disfraza el pensamiento bajo un pelaje animal. Traduce la condición humana a mugidos y balidos. En Madre chillona, la alemana Jutta Bauer sabe ponerse un disfraz de pingüino para pedirle perdón a su pequeño hijo por su mal genio. En Selma, hace que las sencillas respuestas de una oveja nos den la pista para hallar la tan evasiva felicidad.

Ilustradora, dibujante de cómics y productora de dibujos animados, Bauer es considerada una de las más interesantes autoras para niños en el mundo entero, y su presencia en la Feria Internacional del Libro de Perú, gracias al Instituto Goethe, es todo un acontecimiento. Ayer disertó para el público adulto y hoy, al mediodía, llevará a cabo un taller de ilustración en el auditorio infantil, actividad que replicará en comunidades andinas luego de escapar del ruido limeño. “Quiero escuchar las historias de los niños y hacer un libro con ellos. Historias diferentes a las que puedo escuchar en Alemania”, comenta la autora, entusiasmada por su viaje al interior del país.

¿Cómo no se deben contar historias para niños?

Antes que nada, olvidar cualquier intención moralista. Lo importante es que la gente quiera contar un cuento, por el gusto de contarlo, y no pensando en moralejas.
Hace una década era común que a los dibujantes de cómic se les preguntara por qué no había mujeres en el oficio.

¿Cómo encontró su lugar en un gremio antes dominado por los hombres?
La oportunidad me la dio la revista “Brigitte”, a la que entré a trabajar muy joven, al salir de la universidad. Buscaban una mujer para que dibujara historietas sobre la vida cotidiana vista desde la perspectiva femenina. Por entonces, la emancipación de las mujeres marcaba la tendencia de la época. Siempre me sentí parte del movimiento feminista, aunque nunca fui una lideresa, como sí lo fue, por ejemplo, la dibujante Franzisca Becker.

¿Y en esa mirada femenina, dónde ubicaba el humor?

El humor es, generalmente, el grito del ratón contra el león, del pequeño contra el grande. Es la mujer contra el mundo del hombre, sea en el gobierno o en las cosas más sencillas.

¿La estética minimalista de su obra se originó en su trabajo como dibujante de cómic?

Creo que no hay diferencia entre ambos. Una tiene su modo de dibujar. Cuando me he propuesto cambiar el estilo para encarar un nuevo proyecto, nunca lo consigo. Siempre sale lo mío.

¿Qué artistas considera sus principales influencias? El francés

Sempé es un verdadero padre para mí. Es grandioso. Una artista a quien admiro mucho es la finlandesa Tove Jannson, creadora del mundo de los Mumín, una familia de duendes. Los dibujó en los años 50.

En sus historias sorprende cómo se complementan imagen y texto. ¿Escribir y dibujar son procesos paralelos?

Esa es la ventaja de hacer tus propios libros, y no solo ilustrar los libros ajenos. En mi trabajo todo va paralelo. A veces hago pequeños storyboards, pensando en los dibujos y los textos. Como también hago dibujos animados, me acostumbré a esa técnica. Sin embargo, creo que mi trabajo está más cerca de lo literario. Finalmente, el dibujo siempre debe subordinarse a la idea.

Selma, una de sus historias más aplaudidas, cuenta lo que una oveja hace cada día y de lo que haría si se ganara la lotería. Hay todo un trasfondo filosófico de contrabando, cercano al pensamiento zen…

Creo que por ahí viene el éxito de ese libro. Siempre hay una parte dedicada al pensamiento en todas mis historias. Sería muy aburrido trabajar sin preocuparme por aportar algo profundo.

En un mundo en que todos corren por el éxito, Selma demuestra que por más dinero que tengamos, solo adquirimos más de lo mismo…

Te digo que Selma fue un libro que no tuve la intención de publicar. Lo hice en una noche, con la intención de repartirlo a los amigos como una tarjeta de Navidad, por eso los dibujos están hechos tan a la ligera. Pero mi editor se entusiasmó. La idea nació después de escuchar una entrevista a una campesina de las montañas por la radio, a quien le preguntaban qué haría si se ganaba la lotería. Ella solo imaginaba hacer las mismas cosas que entonces le daban placer: hablar con sus hijos, comer, hacer gimnasia. En el fondo yo me robé la historia.

Entrevista con Juan Villoro, escritor mexicano


A la caza de los espejos indiscretos

Por Pablo Makovsky, tomado de La Capital, Rosario, Argentina

La novela El libro salvaje (2008), premiada en el concurso La Orilla del Viento, de la editorial Fondo de Cultura Económica de México, es el quinto libro para jóvenes y niños publicado por Juan Villoro (México, 1956) desde que en 1985 saliera Las golosinas secretas. Cronista, traductor, ensayista, catedrático, guionista de cine y periodista en distintos géneros (cubrió varios mundiales de fútbol), Villoro vuelve a escribir con El libro salvaje para el niño que fue y recuerda en la Ciudad de México de principios de los 60.

La historia memora vagamente los clásicos del mercado contemporáneo por esto de cerrarse en un lugar (la casa laberíntica del tío atestada de libros) para abrir un mundo. Sólo que en lugar de meterse en una rimbombante escuela de magos o andar sacudiéndose duendes y animales parlantes, el Juan que protagoniza esta historia enfrenta dos situaciones emocionales complejas: la separación de sus padres y el primer trato con el amor, al tiempo que descubre la biblioteca de su tío Tito, donde los libros se mueven en busca del lector y debe darle cacería a un volumen que nunca fue leído, el tomo salvaje del título.

“Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos”, escribió Jorge Luis Borges en el prólogo a su colección Biblioteca Personal, publicada por Hyspamérica a mediados de los 80. Y culminaba: “Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”. Estas palabras parecen haber proyectado la historia de El libro salvaje, en cuyas páginas se lee una referencia directa a Borges e incluso, en la disparatada organización de la biblioteca de Tito, una cita a “El idioma analítico de John Wilkins”.

El libro salvaje, con su héroe tímido que se inicia en los misterios del amor al tiempo que en los de la pérdida, puede leerse también como una suerte de decálogo del buen lector en el que Tito aconseja a sus sobrino Juan: “Hay gente que cree que entiende un libro sólo porque sabe leer. Ya te dije que los libros son como espejos: cada quien encuentra ahí lo que tiene en su cabeza”. O: “Hay libros malos (…), los tristes libros escritos por una persona que sufrió sin que eso fuera útil”.

En esta entrevista que Villoro respondió desde Estambul “bajo un sol de cimitarra”, como pone en el correo electrónico, el autor se refiere a esas relaciones en su libro, que van desde el homenaje a la reflexión sobre el ejercicio de la escritura.

—Hay una referencia concreta a Borges en El libro salvaje. ¿Qué nace primero, el homenaje o la trama?

—Lo primero que nació fue la trama. Durante años se me han perdido libros que luego encuentro en sitios extraños, como si se hubieran movido por su cuenta. Lo mismo me ha pasado con libros que busco. Antes de Amazon, tenía una relación muy azarosa con los libros que buscaba. En México no hay grandes librerías ni abundan las bibliotecas públicas. En ocasiones, conseguir un libro es cuestión de suerte. Para resignarme a esta situación comencé a pensar que los libros se acercan a ti según tus méritos: “Si no llega es que no lo merezco”. Después de muchos años de considerar que los libros se desplazan según su voluntad, decidí escribir una historia sobre eso. Extremando la idea, pensé en un libro que nunca hubiera sido leído y que no quisiera tener ningún lector, un libro salvaje, un “outsider”. Una vez puesto a la tarea de fabular, quise hablar de las muchas formas de la lectura y ahí, claro está, se cruzó Borges, que a estas alturas ya representa algo más que un autor: es un sistema de medida.

—La historia de aprendizaje e iniciación de El libro salvaje recuerda otras historias suyas. ¿Qué diferencias puede señalar entre esta trama, con un perfil para jóvenes y niños, y las de sus otros libros?

—Una buena historia juvenil funciona para todas las edades. La isla del tesoro apela a lectores de todo tipo. En mi caso, la decisión de escribir un libro predominantemente “juvenil” tiene que ver con el trato de la inocencia. El libro salvaje presupone que la inocencia del lector existe y que, en cierta forma, se modificará con los ritos de paso que entraña la lectura. El protagonista tiene 13 años y descubre la soledad, el gusto por los libros (que hasta entonces no le interesaban), una nueva forma de relacionarse con los adultos, el primer amor y, lo más importante, el modo en que todo esto se relaciona. Por otra parte, el libro salvaje es un “outsider”, alguien que quiere estar a solas, que decide ser incomprendido; en esto se parece mucho al lector adolescente. Digamos que el libro se dirige, en principio, a quienes están viviendo esos procesos en “tiempo real”, pero también a quienes deseen regresar al momento en que descubrieron todo eso.

—¿Al escribir para un lector joven la trama y los temas se volverían más “universales”?

—El tema central del libro es la lectura, que es, en esencia, un proceso universal. La biblioteca donde se adentra mi protagonista es un resumen del mundo, un cosmos donde las épocas y las nacionalidades se mezclan. Por otra parte, los niños y los jóvenes son más cosmopolitas que los adultos. Más allá de las diferencias de idioma, se relacionan sin problemas. La identidad nacional y el “color local” son invenciones de la edad adulta.

—A propósito, ¿a qué lector se interpela al escribir este tipo de literatura?

—El primer lector soy yo mismo. En este sentido, el desafío inicial era el de regresar de modo convincente a las sensaciones del fin de la infancia y el descubrimiento de la adolescencia. Me interesaba tratar el tema del divorcio, que determina la soledad del protagonista. Muchas historias juveniles surgen del aislamiento forzado de un muchacho, que va a dar a un internado o una isla desierta, o se queda huérfano. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 9 años y quise recuperar esa experiencia. El protagonista lleva mi nombre y su hermana se llama igual que la mía. Fueron simples gestos para situarme en escena y calentar motores para la invención. Al escribir tengo presente un compromiso de claridad con un lector que no dispone de un gran vocabulario; sin embargo, El libro salvaje es el más metaficcional de mis textos, porque el tema así lo exige, y creo que los jóvenes pueden disfrutar de un libro que está dentro de otro.

—El libro puede leerse también como una forma de iniciarse en la lectura, como un decálogo de lecturas. Como Wilde, señala usted que los libros “malignos” a veces se disfrazan de libros “útiles”. ¿Cómo sería eso en relación a su propia experiencia como lector?

—No quería hacer una celebración beata de la lectura ni declarar que todos los libros son fantásticos. Es obvio que hay libros pésimos, algunos porque están muy mal hechos, otros porque son perniciosos. Conocemos los efectos de Mi lucha, de Hitler. En mi caso, sufrí hondamente la lectura de Corazón, diario de un niño. Fue un texto obligatorio, que leí en la escuela, a los 12 años, un momento en que yo no leía por gusto y en que estuve a punto de quedar vacunado contra la lectura. Lloré con esa triste historia, sabiendo que me ayudaba a aprobar la materia, pero no pensé que eso pudiera comportar un placer.

—La trama de El libro salvaje es bastante cortazariana: por cómo juega el tiempo en su estructura.

—El homenaje a Cortázar tiene que ver con los cruces de tiempo y, por extensión, es un homenaje a la literatura fantástica y los muchos viajeros del tiempo. Me interesaba que los libros no fueran vistos a partir de una erudición sino como criaturas vivas. Hay referencias a libros auténticos e inventados pero todas ellas tienen que ver con circunstancias de la vida cotidiana decisivas para la trama. Por eso Cortázar aparece a partir de unas galletas. El pasado y el futuro tienen sabores definidos, pero el presente es insípido, porque nunca acaba de constituirse.

—¿Cómo es esa relación a propósito de la lectura y la infancia, en el sentido que la infancia ha adquirido en los últimos tiempos?

—Hay dos situaciones básicas en el proceso de leer, que aparecen formuladas por el tío: los libros pueden ser vistos como espejos o como ventanas. Por un lado, reflejan ignoradas partes de ti mismo y por otro te permiten asomarte a sitios inauditos. Lo interesante es la mezcla de ambos recursos. Al leer descubrimos que tenemos ideas propias; misteriosamente, eso ya estaba dentro de nosotros pero requería de un espacio para salir (un espejo, una ventana).

—El libro transcurre en los que deben haber sido sus días de infancia-adolescencia, cuando no había computadoras ni celulares y la ciudad de México era muy distinta. ¿Por qué eligió esa época para situar la historia y cuál fue su experiencia mientras la escribía?

—No pensé en escribir una historia “de época”. Simplemente hice abstracción de los aparatos electrónicos, como si no existieran. En cierta forma, los libros los sustituyen o los prefiguran. A partir de Google se habla mucho de “motores de búsqueda”. ¿Qué es un libro si no un motor de búsqueda? La realidad virtual, el zapping y el sampleo están en el Quijote.

Instantánea

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) es escritor y periodista. Estudió licenciatura en sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. En 1981 fue nombrado agregado cultural en la Embajada de México en la República Democrática Alemana. Ha colaborado en numerosas publicaciones, fue guionista de cine y docente universitario. En 1991 publicó su primera novela El disparo de argón. En 2004 apareció El testigo, con el que obtuvo el Premio Herralde de novela. En marzo de 2008 Juan Villoro recibió el premio Antonin Artaud en la Embajada de Francia.